Luz en el universo… Exploradores (1ª parte)

Exploradores…

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“Quiero ser un explorador como el gran Magallanes”. Eso es lo que contesta ante la pregunta de su profesora,Truman , el protagonista de “Truman´s show”, la película de Peter Weir. En el fotograma que encabeza esta entrada puede verse a Truman de niño cuando todavía soñaba con navegar y explorar antes de que el productor y director del programa le indujera cruelmente a tener miedo al agua. Era “por su propio bien”, con la excusa de salvaguardar su bienestar.

Esto es lo que solemos hacer los adultos con nuestros hijos para protegerlos. Todos nacemos exploradores, pequeños filósofos, que quieren explorar lo desconocido. Por ello tiene sentido la filosofía para niños/as. Newton nunca dejó de ser así, “un niño que recogía conchas en la costa, mientras el gran océano de la verdad yacía ante él”. Lo dijo el propio Newton según alguno de sus biógrafos. Afortunados los que hayan seguido creyendo que eran exploradores y no han sido persuadidos por los adultos de que que abandonen esta curiosidad por conocer la naturaleza del mundo en el que viven. No todos tienen la suerte de Hipatia. Teón permitió y alentó que su hija surcara la inmensidad de los cielos. También lo hizo el padre de Edmund Halley con su hijo. Newton y Halley después de hicieron amigos y sin la ayuda del segundo, el primero no habría escrito ni publicado su libro Principia, que propuso una nueva y revolucionaria visión de nuestro Universo. Desde que fueron niños soñaron con explorar sobre todo con su mente.

Y desde mi almohada, a la luz de la luna
o de astros propicios, yo podía contemplar
la antecapilla que albergaba la estatua
de Newton, con su prisma y su silente rostro
índice en mármol de una mente en perpetuo viaje,
por los mares del Pensar extraños, sola.
W. Wordsworth (ante la estatua de Newton en la capilla del Trinity College de Cambridge)

 

En algún otro sitio he defendido que la filosofía es una exploración racional, con ánimo de ser verdadera, de ciertos territorios rodeados de misterio. es una aventura incierta a través de terrenos ya descubiertos y otros todavía vírgenes… como hicieron los exploradores británicos del S. XIX que se adentraron en África con su curiosidad y también sus prejuicios en su equipaje. Algunos, a pesar de todo el esfuerzo que pusieron en ello, se quedaron a las puertas de lo que pretendieron descubrir (¡las verdaderas fuentes del Nilo! o las minas del Rey Salomón).

La exploración geográfica, a la que se dedicó el marino al que admiraba Truman, Magallanes, en una nave que circunnavegó la Tierra, es la expresión del deseo de saber. Sí, la exploración geográfica es “la expresión física de la pasión intelectual” como escribió Cherry-Garrard (él exploró la Antártida en la segunda expedición del capitán Scott) en “El peor viaje del mundo”.

apsley_cherry-garrard

¿Cuánto habría dado Hipatia por ser la primera mujer en atravesar nuestra atmósfera y llegar al espacio como Maria Tereshkova, la primera astronauta que pudo contemplar la belleza de la Tierra, nuestro hogar? ¡Habría visto su amada Alejandría desde el cielo! (Al menos bautizaron un cráter lunar con su nombre, ¡Hipatia está en la luna!)

Maria Tereshkova en 1963 a bordo de la nave Vostok 6.

Ella tuvo que conformarse con “sondear” con su poderosa mente los misterios del Universo, aunque esto no es poco según su compatriota egipcio, el también astrónomo Claudio Ptolomeo, (el que corrigió las desviaciones del geocentrismo y lo hizo pervivir hasta el siglo XVI) escribió en el siglo II en su Almagesto:

Bien sé que soy mortal, una criatura de un día. Pero si mi mente observa los serpenteantes caminos de las estrellas, entonces mis pies ya no pisan la Tierra, sino que al lado de Zeus mismo me lleno con ambrosía, el divino manjar.

A Truman no le pudieron arrebatar su deseo de saber, de conocer la verdad acerca de su condición de esclavo, como los prisioneros del mito de la caverna de Platón. Davo, el esclavo de Hipatia, no sólo le debía a su propietaria su manumisión, sino además una liberación más decisiva. Le había enseñado a pensar, a aventurarse a buscar respuestas por él mismo. Eso era algo que había quedado enterrado, oculto, cuando se adhirió a los parabolanos, aquellos cristianos fanáticos y violentos. A su debido tiempo Davo empezó a hacerse preguntas, salió a la luz el filósofo que había liberado Hipatia. No sabemos si alguien como Davo existió. En cambio tenemos constancia histórica de un célebre esclavo que además de la liberación física deseaba la libertad intelectual. No es otro que Espartaco. Este esclavo tracio y sus compañeros (decenas de miles)  se rebelaron contra la República Romana en el s. I a. C. Es inevitable acordarse de Kirk Douglas, el actor que interpretaba a este orgulloso esclavo en Espartaco (1960), la película de Stanley Kubrick. El guionista Dalton Trumbo le hizo decir a Espartaco este discurso maravilloso:

«Yo no sé nada, nada (…) Quiero saber (…) Todo. Por qué una estrella cae y un pájaro no. Dónde está el sol por la noche. Por qué la luna cambia de forma. Quiero saber dónde nace el viento…»

El  auténtico explorador no quiere saber por boca de otros, no quiere que se lo cuenten, quiere comprobarlo él mismo. Quiere saber por él mismo. Eso significa el lema de la Royal Society, la sociedad científica más prestigiosa del Reino Unido, a la que pertenecieron, por supuesto, Halley y Newton, aquí citados: Nullius in verba (en palabras de nadie).

Este poema de Walt Whitman ¿se refiere a lo mismo?:

When I heard the learn’d astronomer,
When the proofs, the figures, were ranged in columns before me,
When I was shown the charts and the diagrams, to add, divide, and measure them,
When I, sitting, heard the astronomer, where he lectured with much applause in the lecture-room,
How soon, unaccountable, I became tired and sick,
Till rising and gliding out, I wander’d off by myself,
In the mystical moist night-air, and from time to time,
Look’d up in perfect silence at the stars.

Cuando escuché al astrónomo erudito,
cuando  ordenaron ante mí  pruebas y figuras,  conformando columnas,
cuando mostraron gráficos y diagramas para practicar sumas, divisiones
y mediciones,
cuando sentado oí conferenciar en el salón al astrónomo
al que tanto aplaudieron,
muy pronto, inexplicablemente, me sentí agotado y enfermo
y decidí levantarme, salir a la calle y vagar solo
en la mística humedad del aire nocturno
y,  de vez en cuando, en perfecto silencio, contemplé a las estrellas.

Walt Whitman. (Traducción de Ángel Rupérez)

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El astrónomo, J. Vermeer, 1668.

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Un filósofo da una lección sobre el planetario de mesa
(A Philosopher Lecturing on the Orrery), Joseph Wright, 1766.

 

Hasta comienzos del siglo XIX la mayoría de los científicos se consideraban a sí mismos “filósofos naturales”. Hasta que la maldita separación de las “dos culturas”, la humanística y la científico-técnica abrió una brecha entre las ciencias y las humanidades. El magnífico astrofísico Stephen Hawking asume esta división en su libro “El gran diseño” y la extiende a la época Antigua donde no existía todavía esta clasificación académica. El sabio de la Grecia Arcaica, Tales de Mileto es considerado por el físico británico, tal y como hace también Carl Sagan en su serie “Cosmos”, el primer científico. En cambio, los profesores de filosofía consideramos al sabio de Mileto en Jonia, el primer filósofo.

Quizá ni ellos ni nosotros tengamos la razón. Tales es el primer “explorador” de los misterios del universo: su composición, su orden y su origen. Su interés por los sucesos del cielo le llevó a predecir un eclipse solar en el año 588 a. C. Según el historiador de la filosofía Diogénes Laercio, una sirvienta se rio de él cuando se cayó en un socavón mientras miraba absorto el cielo astronómico. Era un explorador que sentía curiosidad por explicar racionalmente aquellos fenómenos prodigiosos que habían despertado el asombro de los perspicaces griegos (wonder significa en inglés “prodigio” y “asombro” al mismo tiempo) y que se habían resuelto poéticamente hasta entonces con las narraciones orales de los mitos.

Los filósofos y los exploradores de todas las épocas sienten la pasión por saber lo que nadie sabe, por estar donde nadie ha estado. Todos ellos están aquejados de una fiebre incurable, el mismísimo Tales de Mileto padeció la misma fiebre y a Nietzsche no le descendía la temperatura ni en las gélidas pensiones en las que escribía cuando vagaba por los “mares del pensamiento”. Ramón y Cajal sentía la fiebre por explorar a través del microscopio, y al capitán y científico Scott no le remitió la fiebre ni a punto de congelarse en la tienda en la que se despidió de todos; uno de los últimos grandes exploradores es Hawking que tampoco puede sanar de la fiebre por saber, por conocer, por explorar aunque apenas pueda moverse a causa de la enfermedad neuromuscular que padece desde hace muchos años.

Si padecen la misma fiebre ¿por qué hacemos tantas distinciones? Por culpa de las dos culturas, desde hace un par de siglos, la cultura humanística y la cultura científica no se comunican porque según unos y otros no hablan el mismo lenguaje. No obstante, cada vez somos más los que cuestionamos esta manera de pensar. Por ejemplo, el periodista científico Javier Sampedro dice en un reciente artículo:

La ciencia y el arte parecen no ya dos compartimentos estancos, sino incluso dos enfoques contrarios para captar el mundo y comprender nuestra posición en él. Atisbar su unidad profunda demanda generalmente remontarse al genio renacentista de Leonardo da Vinci, pero lo cierto es que tenemos un ejemplo mucho más próximo. El de Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), artista dotado y padre de la neurociencia moderna.

Hay una unidad profunda entre las diversas formas de conocimiento y las artes. Cajal, el padre de la neurociencia contemporánea, “pensaba en voz alta” gracias a sus dibujos .

Dendritas de las neuronas piramidales del córtex cerebral del conejo. Dibujo de Ramón y Cajal. El País.

El astrónomo alemán, W. Herschel, se sirvió de su mente musical (era un consumado músico fascinado por la astronomía que emigró a Inglaterra como hizo otro músico G.F. Händel), capaz de pensar en patrones, para encontrar pautas y orden en la inmensa “partitura” del espacio. Él contribuyó a que contempláramos de otra manera el universo gracias a sus continuas observaciones “musicales”. Herschel es uno de los protagonistas del libro “La edad de los prodigios” de Richard Holmes. Al final del libro, Holmes insiste en la misma idea:

Necesitamos explorar lo que hace que los científicos, al igual que los poetas o los pintores o los músicos, sean creativos…Los viejos y rígidos debates y límites -ciencia frente a religión, ciencia frente a arte, ciencia frente a ética tradicional- ya no bastan. Deberíamos impacientarnos con ellos. Necesitamos una perspectiva más amplia, más generosa, más imaginativa.

Considerar el conocimiento como una exploración apasionante es una manera de derribar este muro que separa a las dos culturas. Los exploradores abren creativamente una vía nueva, vislumbran un camino nuevo y se adentran en él; una conjetura o hipótesis científica también puede interpretarse de la misma manera, como una vía de escalada diferente, inédita hasta entonces, hasta la “cumbre” de la comprensión y la verdad científicas. Hay muchos trayectos que conducen al mismo sitio. Hawking parece ignorarlo cuando da por muerta a la filosofía y afirma contundentemente:

La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda de conocimientos.

Le contestaremos en la siguiente parte…

Es el momento de que respondas a algunas preguntas sobre esta entrada:

  • Todos los niños y niñas son pequeños exploradores, ¿por qué, cuando se hacen adultos dejan de serlo?
  • ¿Por qué es importante la filosofía para niños/as? Puedes ver esta noticia: http://www.elespanol.com/espana/sociedad/20161120/172233026_0.html
  • ¿Por qué la ignorancia es una forma de esclavitud, la peor de todas?
  • ¿Cuáles son las dos culturas? ¿te parece adecuada la separación de las dos culturas? ¿Por qué?

 

 

 

 

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